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El siniestrado

Había magia.
Sin chistera ni cartas.
Era increíble como cualquier cuento de hadas.

Me miraba 
con esos ojos que parecía que se apoderaba de mí.
Y yo me dejaba.

Todo iba paso a paso,
o quizá me perdí en su piel
y no pude ver que íbamos algo rápido.

Yo le protegía y le secaba los ojos,
le besaba la mejilla
y le dejaba apoyar su tristeza sobre mi hombro.

Y me correspondió.
Me mostró su mapa de lunares
y me vestía mis labios con sus labios
mientras notaba cómo sonreía

a mí o a la vida.

No era suficiente,
era mejor que eso.
Pero aún así no supo ser el último punto de sutura
que cerrara mi corazón, para ser su nombre, mi suerte.

Y no hubo explicación ni precariedad, pero 

ni
aun 
así

fue para siempre.

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