jueves, 25 de agosto de 2016

Distancia de seguridad

Qué distantes nos volvemos cuando no somos ya
ni las virutas de nuestros rotos.
Tan hechos polvo.
Tan casi muertos.
Nos hicieron aborto
cuando solo queríamos alzar el vuelo.
Y ser.
Solo ser.
Caer entre tus dedos con el pecho abierto,
buscando la aguja y el hilo.
Cualquier excusa para no pronunciar ese "me rindo".
Cualquier pretexto para dejar de herirnos
con tanto lamento.
Con tanto pasado que pesa.
Con tanto recuerdo que riega
en las noches,
la tristeza.
¿Dónde queda la sinceridad
cuando no se puede confiar en las palabras?
Paupérrima.
Vacía.
Ya no muerde menos el que más ladra.
Ya no hay ilusión ni sentido
si la fe pierde equilibrio en la balanza.
No hay esperanza en las personas.
No la hay en sus actos ni en su labia.
Acabamos haciendo cargar con las culpas
a quien menos la tuvo.
A quien menos te supo.
Porque llega un punto en donde
ya ni te dejas conocer.
Te haces distante
y pierdes, por momentos, la identidad.
Pierdes tu propia forma de ser.
Y difícilmente te dejas amar.
Ya todo molesta.
Nos convertimos en agrios dulces
llenos de bocados
que alguien dejó sin radiar
después de darnos por acabados.
Desbaratados.
Dejamos de ser los mismos.
Inesperados  y dolidos.




domingo, 14 de agosto de 2016

El enemigo

Eres el recuerdo con el que me auto-destruyo,
y aún así, somos pasado.
No hay presente, no habrá futuro.
Eso no lo sé.
El órgano vital afectado.
Tu presencia en mi cabeza, y no te dejo de ver.
Las ganas de parar con todo.
Salir a correr, gritar y, aunque no salga la voz,
gritar de todos modos.
Y romperme las cuerdas vocales con tu nombre
atado a la campanilla.
Como sin poder sacarte de mí.
Será que nunca funcionó eso de hacer tapón a las heridas
con algún otro amor de pasa-rato;
como la memoria que no olvida,
mientras más te rasques, más te pica.
No hay suplencias ni auto-engaños,
ni alcohol ni tiempo
que alejen al pensamiento
de todo lo que provoca daño.
De todo lo que provoca nostalgia
o echar de menos.
Un amor sin oportunidad ni revancha.
Un lapso alejado,
con el impulso controlado y lleno de retos.
Me pregunto tanto por ti, y hago el esfuerzo
por no hablarte yo primero,
y puede que tú hagas lo mismo.
Probablemente siendo idiotas.
Puede ser que nos conformemos con las sobras
que quedaron de todo lo que nos dimos,
mientras no sepamos dar el paso de reconcilio.
Por miedo o egoísmo,
ese que da de comer al amor propio
para que no se descascarille más de lo suficiente.
Esta ocasión, el murmullo del deseo amordazado
y la razón obediente.
Las manos rotas
por haber dado tanto antes,
y ahora,
tú y yo con el corazón hecho pedazos,
mirándonos como si fuéramos a repetir aquellos pasados
que más que obra de amor, fueron ensayo.
Temiendo que vuelva de nuevo aquella emoción
de naufrago
ante la ausencia de correlación.
Cómo decirte que yo no.
Cómo decirme que tú no.
Que no somos aquellos que nos hirieron.
Pero aquí estoy yo,
¿dónde estás tú?
Apostar.
Arriesgar.
De eso va.
Entrar en un mismo juego de corazones y sotas,
pero cambiando las normas.
Esta vez con la inteligencia que supone
saber lo que es que todo vaya mal.
Saber que no gana la prisa
y saber con qué no dejarte llevar.
No dejarme que te pueda dejar de elegir
porque corra el tiempo sin ti,
creyendo que tú ya no quieres que seamos.
Que no hay reemplazo que pueda contigo
pero la mente, las horas, el no saber...
ese es el peor enemigo.
Parece fácil decirlo,
pero no es tan fácil querernos
como si hubiera dejado de importar
todo lo que hizo mal.
Ojalá pudiera hacer que no te duela, pero no puedo.
Ojalá hubiera frenos.
Que es a mí a quien quiero que veas
cuando cierras los ojos,
no al recuerdo.





sábado, 13 de agosto de 2016

Cara o cruz

Cuánto dura una carcajada.
La felicidad.
La pasión desenfrenada.
La oportunidad.

Un instante, quizá.

Un recuerdo con sonrisa.
Una foto.
Una historia que contar
en la repisa
de un pasado que ya no tiene foco.

Sin embargo el dolor,
es punzante malestar.
Es imperecedero.
Requiebro.
Es concha en la piel
y cicatriz sin cerrar.
Locura, puede ser.
Cordura que ya no responde.
Una carga bajo la máscara
que ya no hace soporte.

Un pesar que no se olvida, aunque tú quieras.
Y recuerdas,
mientras sientes en la cara
el ardor de unas cuantas lágrimas
que aún no han muerto.
Que aún no ha marchitado
el amargo del que los ojos son siervos.
Y vienen de vuelta de tanto en cuanto
para doler y no ser olvidados.

Sonrisa y llanto,
dos caras de una moneda
en donde siempre vence
la pena.
Y también su frío.
El insomnio de las noches.
El vacío.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Letra de otra canción

Es esa forma de ser tuya
como si fuera una extensión de la mía propia,
como esas muñecas rusas,
unas dentro de otras.
A veces, no sé si me sorprende
o si me asusta.
Es esa ternura infinita
que presentas,
y que es más dueña que visita.
Porque no la regalas a cualquiera,
tú eres de ti y de quien tú quieras.
Pero no eres postre ni cata ni mucho menos pasajera.
Tú sabes lo que es sufrir,
llevas por bandera a tu pecho despintado.
Yo lo colorearé de nuevo,
no quiero que vuelva a estar descuidado.
Eres como el vino que deja esa mancha dulce y viva
en la camisa.
Y eso es bueno, porque yo no te quiero
para un rato.
Te quedas.
Y olvidarte nunca es una opción.
Siempre te metes en la cabeza
y en el corazón.
Y aunque puedes,
no te vas.
Más bien,
te haces refugio y hogar,
a la vez.
No eres diluvio ni tempestad,
a diferencia de otros.
Eso no es para nosotros.
Yo puedo quererte a ciegas.
Normalmente amar
lleva a las ilusiones a la locura más cierta.
Pero tú no.
Tú eres letra de otra canción.
Penetras
con tus alas sobre mi espalda
como queriendo volar al unísono.
Y es lo que más me gusta,
que somos gravedad en el mismo equilibrio.
Es ese amor sin tragedia
que parecía no existir.
Pero contigo, sí.
Es ese modo de enamorarme que llevas siempre
en tu mirada y en tus manos
_siendo tú, en cualquier lado_.
Es todo eso que está en ti
y en nadie más.
Todo,
absolutamente todo lo que eres,
parece un sueño
que todo el mundo querría hacer verdad.

lunes, 1 de agosto de 2016

La meteorología de mis ojos


Podría hacerme tristeza justo después de sonreír
al pensar en ti, en nosotros.
La meteorología de mis ojos 
podría romper olas con tormentas
en cualquier pleno agosto.
Podría ser catástrofe la vida,
más de lo que ya de por sí lo es.
Porque echarte de menos
es tener a mis impulsos, presos, 
en cualquier cárcel para tristes.
Y entonces, mi pena necesitaría al mejor fetiche.
Que, me muero por sentirte cerca,
por saber, al menos, si estoy aún en tu cabeza.
Y que sepas que solo a ti te quiero.
Que tengo la ausencia del héroe, 
como Bukowski, 
entre mis miedos
desde que dejé de ser salvavidas en tus días sin cielo.
Porque era el techo quien se te caía encima,
o quizá los recuerdos.
Y yo solo quería eso.
Quiero eso.
Protegerte entre las caricias que se hacen verso,
porque eres tú quien me hace escribir con los dedos,
los mejores textos abstractos 
con un suave dermografismo sobre tu piel.
Y es en ese momento cuando la suerte parece no perecer.
Me niego a otros labios, a entrar en otro pecho, a otro mundo; 
que, sentí cómo te gustó aquel que creamos sin planearlo, 
mientras tu corazón se veía desnudo.
Y eso a mí, también me gustó.
Cuando pierdas al pasado que llevas pegado a los talones 
y ya no tengas susto,
vuelve de nuevo a mí.
Que yo, si es contigo, nunca me voy a rendir.