sábado, 30 de julio de 2016

Y, de repente tú

Yo veo emociones cuando te miro,
al igual que un lienzo al óleo las produce.
Tal es como yo te admiro.
La paleta de rojos de Velázquez en tu boca.
La torre del oro en tu rubio pelo.
Tan bonita, tu dulzura, que parece que el arte se equivoca
cuando no eres tú la musa ni el boceto.
Salvador Dalí hubiera renunciado al surrealismo
si hubiera visto ese mundo que escondes tras tus ojos.
Tan ciertos y tan vivos que, de ellos, nadie querría salir.
Yo me negué al amor una vez.
Puede que muchas.
Pues se revela desconcertante y también es dolor.
Es misterio y es duda.
Sin embargo, te conocí y desde entonces,
es claridad.
Y puedo sentirlo
mucho más leal y mucho más real.
Como las explosiones de sabores mexicanos en el paladar
llegas tú bombardeando todos los engaños
en los que me acostumbré a saberme amada.
Solo estaba desarmada.
Aprendiendo.
Con el corazón a dieta e impidiéndome a mí misma
ver la verdad.
Y, de repente tú.
Con tu forma de querer tan sencilla.
Porque es fácil quererte.
Sin prisas.
Sin candados ni guerras de por medio.
Yo solo quiero ser los brazos que te auxilian
en tus miedos.
Darte luz en la oscuridad
y no prometerte que estaré,
sino, estar.
Y ver bailar lento
a tus dedos sobre mis manos.
Sorprenderte con tu chocolatina favorita
a ver si así me sacas una sonrisa
y dejas de esconderla en las fotos
como la Venus del espejo.
Que tu boca es mucho más bonita 
cuando sonríes y el mundo se hace pequeño.
Quién me iba a decir a mí
que los sueños sí se cumplen.
Pero ahora lo sé.
Ahora que tú estás aquí.

jueves, 28 de julio de 2016

La musa que nadie dibujó en pintura

Cariño, tienes una cintura que suscita cobijo a mis manos.
Mientras más la deseo, más fuerte te abrazo.
¿Notas que soy yo el verano?
Bajo mi pecho la primavera florece
y bajo mi ombligo los gusanos de seda se transforman,
y yo siento al calor más fuerte.
Quizá sean tus brazos el lugar más seguro que
puedan conocer mis pedazos.
Quizá tus labios sean mi oxígeno y por eso,
si no estás te extraño.
Si no fuera por esos ojos que tienes,
yo no estaría tan perdida _en ellos, en ti_.
O, bueno, sí,
si contamos que eres lo único que consigue
desvestir todo lo que siento.
Que solo tú y el también el viento
conocéis todos mis secretos.
Que solo tú y también tu luz _la de tus ojos_
me desatáis y hacéis al deseo notorio
y es cuando quiero, que no seas tú ni yo,
sino, nosotros.
A veces creo que eres la musa que nadie dibujó en pintura.
Y tengo yo la suerte de tenerte entre mis dedos
y dejarnos las huellas, como un escultor en su escultura.
Que es tu boca la única que dejo que me desnude
mientras me sacudes el aliento contra la piel
y esta se hace hielo y fuego a la vez.
Que ni Machado ni Quevedo hizo mejor verso
que el que recojo entre tu pelo cuando te lo agarro,
y son tus besos los que se hacen prosa sobre mi cuerpo.

domingo, 24 de julio de 2016

La no evolución

Es irónico pensar en cómo el mundo desarrolla maneras
para modernizar el estilo de vida, que cada vez es más superficial
y más dependiente de las tecnologías;
sin embargo,
en cuanto a formas de pensar,
muchos viven aferrados en tradiciones y culturas
que castigan y juzgan el progreso racional
que depara a la independencia de cada persona
como único dueño de sus propias elecciones,
sin cadenas, sin obligaciones
ni miedos por traicionar el honor
de la cultura étnica, o de las normas de alguna religión.
Tristemente existen religiones clasicistas
que no permiten el desarrollo a la mujer.
Que se indigna y no permite su libertad,
su opinión, su voto, sus derechos.
Que, en definitiva, no la permiten ser.
También, existen ideales
que denuncian y que juzgan al amor entre sexos iguales.
Y se manifiestan como los detractores del pecado y de lo inmoral,
como si el simple hecho de querer fuese algo anormal.
Hay costumbres que, sin quererlo _o queriendo_ maltratan a animales
que no son más que víctimas de festejos caprichosos y convencionales.
Y pese a todo esto, se nos ocurre reclamar respeto,
como si lo mereciéramos más que nadie, pero
somos los primeros que pretendemos faltarnos a sí mismos
adaptándonos a toda esta intolerancia en la que vivimos,
y en la que nos convertimos.
Y además,
no solo la elegimos, sino que, también la exigimos en los demás.
Y eso me parece mucho más repulsivo.
Porque se supone que vivimos en pleno siglo XXI
donde deberíamos haber llegado a una democracia
para nuestra propia libertad de elección, respetando razas, colores, sexos,
culturas, costumbres y principalmente respetando el significado de humanidad.
Compartiendo e integrando cualquier otra opción,
menos el odio por otras culturas, por otros gustos, por otras opiniones,
que solo nos trasladan a la autodestrucción.
Que, me parece triste que nos echemos piedras solo por ser diferentes,
y por no saber ni querer compartir mundo con la diversidad entre las gentes.
Vive entre nosotros aún el machismo, y ya hace demasiado que debió extinguirse,
pero hoy está de moda hacerse el liberal en apariencia
y que descubran en la intimidad que, quien creían que eras,
resulte un total desconocido.
También es una pena que aún existan esos a los que le importan
más el poder y el dinero que el unánime bien del pueblo.
Se ciegan en codicia y ensueño.
Matan en nombre de Dioses o de reinos.
Fabrican armas para matarnos los unos con los otros,
en lugar de unirnos y luchar, pero juntos, y contra el terrorismo,
no contra inocentes, ni contra nuestra propia especie
ni atentemos contra nosotros mismos.
Son esas mentes cerradas que se estancan en la ambigüedad, 
sin querer aceptar que podemos convivir siendo diferentes, 
sin tener que recriminarnos lo que hacemos o dejamos de hacer.
Esos son los que manchan al humanismo y a su progreso.
Pero no nos detenemos a pensarlo y a hacer algo en contra de ello.
Una vida mancillada entre discriminaciones y abusos
con una interminable lista de ejemplos de la no evolución.
La contradicción de querer ser mejores, pero seguir siendo los mismos
cavernícolas de mente del principio sin querer aceptar nada más.
Y así nos va,
que, en vez de avanzar, siempre nos quedamos atrás.

martes, 19 de julio de 2016

La inmortalidad de las mariposas


Intento hacerte caso.
Dejarte a un lado.
Dejarnos por un tiempo.
Hacer como que no siento.
Pero te encuentro en los recuerdos que me producen
las charlas con otros;
me quedo pensando en lo que me respondías tú.
Y es cuando me vuelve la sonrisa.
Empieza a abrirse el ataúd
de todo lo que he intentado matar
después de que decidieras parar conmigo
al mundo que nacía bajo nuestros pasos,
de todo lo que parecía mariposa bajo nuestros ombligos,
de todas las noches que eran como tardes de domingo.
Y no lo puedo evitar.
Que, estás siempre presente de alguna forma,
y cuando te pienso, no siento ningún sentimiento herido,
cuando pienso en ti, yo solo siento paz.
Es esa tranquilidad que nunca he sentido por nadie
en pleno intermedio, en pleno punto muerto.
Olvidándome de olvidarte.
Contigo mi corazón, aun sin estar, no se siente desnudo,
lleva impecables, y anudados, los cordones de seguridad en sus zapatos.
Y no tropieza con el olvido ni con los mismos errores de cualquier otro pasado.
Sin embargo, si tú no fueras tú, yo ya me sentiría desastre.
Y eso es lo que te hace ser especial.
Que, aunque parezca que va a llover fuerte,
permites la inmunidad de que el viento no arrastre.
No sé cómo lo haces.
Pero no me siento cobarde por dejarte espacio.
No me siento impotente por no saber si vuelves.
Me gusta la libertad con la que te sientes libre,
la misma con la que decides
si juntarás tus alas con las mías para hacernos pájaro
y que pueda ser solo la transfusión de amor quien nos equilibre.
A veces, claro, me siento triste,
pero es una tristeza puntual que se siente más esperanzada que acabada.
Sé que cuando vengas me preguntarás qué ha sido de mí en todo este tiempo,
y te responderé que te esperaba,
mientras te he seguido queriendo.

viernes, 15 de julio de 2016

De sexos ocultos


Amar a quien te ama es un privilegio del que no acostumbramos a valorar.
Ya de pequeños husmeamos a la curiosidad, y nos fijamos en otros niños,
sonreímos tímidamente y nos sonrojamos.
Y nuestros padres nos advierten
con recelo a quién sí y a quién no mirar
y con qué sí y con qué no jugar.
Es como si todo estuviera lleno de etiquetas
que nos dicen “esto es para niños y esto para niñas”.
Y nos determinan el perfecto canon de belleza,
el perfecto modelo de formación y de formalismos,
el correcto modo de vida conformista
empleando el convencionalismo.
Y, educándonos dentro de todos estos estilos predeterminados de vida,
olvidamos a nuestros sentimientos, a nuestra libertad y a las alternativas.
Y nos tragamos todo eso de que, si eliges otra opción,
no estás haciendo lo correcto.
Pero la elección, a veces, solo es una excusa, un pretexto,
para que acabes haciendo lo que quieren y lo que crees que eres,
lo que crees que debes.
La realidad, es que hay cosas con las que nos sentimos mejor
sin haberlas elegido.
Y entonces, señalamos y nos reímos
de todo lo distinto.
Ser la diferencia es algo que nadie ha pedido,
pero, lo creamos o no, es una diversidad que forma parte de la propia naturaleza.
No pretendamos ser copias exactas con el mismo idealismo,
sin tolerancia por lo demás, utilizando a la discriminación.
Rechazando de forma automática, inducidos
por una sociedad adiestrada en una errónea e insana educación.
Con ideas herméticas que juzgan
sin conocimiento
y con frivolidad.
Sin sentimientos
y con maldad.
Enfermos, los llaman,
pero no saben que precisamente la homofobia
es la enfermedad.
Predican con la violencia física o verbal,
sin embargo, el amor entre dos, sin cuestionar los sexos,
es un derecho dentro de la libertad
que no hiere ni mata.
Pero el odio sí.
Las burlas desde la etapa de colegio,
el que te señalen con el dedo
y el sentirte obligado a fingir.
El conocimiento equivocado y el “lo respeto, pero…”.
Hay que erradicar al prejuicio, a la aversión,
a la ignorancia de creer saber cuando en verdad no,
a las charlas con tabú,
al dar la espalda a todo lo que no es como tú,
y ponerle una cremallera a todo lo que conlleva.
Y ser libres.
La libertad de querer a él o a ella.
La lucha incansable por ser más personas que animales.
La batalla inacabada, por desgracia, por dejar de sentirse escaparate
para risas, juicios y señales.
El dejar de esconderse, de ser quien no eres, de sentirse culpable
o no sentirse aceptado.
El dejar de tener miedo, y de ser rechazado.
De enfrentar conversaciones familiares o con amistades
para ser tú mismo, y dejar de mostrarte con velos.
Tristemente, la libertad, ahora, todavía es solo otra etiqueta,
para creernos libres, sin serlos.
Libertad hipócrita.
Libertad condicionada.
Libertad libre en un campo de granadas.

miércoles, 13 de julio de 2016

Denuncias


El mundo tiene que hacer algo más que ponerse de luto
y que guardar un minuto
de silencio.
Los medios de comunicación
deben hacer algo mejor
que pronosticar y desvelar métodos de crimen perfecto
para que otros asesinos, violadores y desalmados
copien las formas de no dejar pruebas ni restos.
Y mientras, los espectadores de todo este desastre
de vida desaprovechada, pensamos que a nosotros no,
que eso solo les pasa a los demás.
Pero, la realidad
es que nadie estamos a salvo.
Nuestras familias, hijos, vecinos, amigos, conocidos
desconocidos, ni nosotros mismos.
Porque mientras pisemos el mismo suelo que pisan
esos monstruos, nadie podrá tener la total tranquilidad
de pasear en la noche a solas,
de dejar a nuestras hijas
con sus padres
en sus días de régimen de visitas.
O de confiar en el ex
al que ya no quieres
y salir a un encuentro con él.
Que la gente lleva máscaras
y no son tan buenas como pretenden con sus apariencias,
con sus “he cambiado” o “puedo cambiar”.
Que, los talleres de rehabilitación psicológica para estos tipos
solo son una excusa para hacernos creer que merecen una segunda oportunidad.
Pero nadie capaz de hacer daño a otra persona de forma tan brutal
es apto para, de pronto, ser otro que no era,
porque sus corazones siguen siendo los mismos corazones podridos de siempre.
Y eso no cambia por más que quieran.
No es suficiente con pegar carteles advirtiendo con un número de teléfono.
Ni con manifestaciones reivindicando nuestros derechos.
La mujer a manos de un maltratador siempre va a tener miedo.
Por ella o por sus hijos.
Por el “qué pasará después”.
Por ese sin saber que, les desgarra por dentro.
E incluso, por ese no entender que, no la quiere como ella desea
y pensar que, mañana será otro día.
Por estar tan dominadas que llegan a creer que lo merecen.
Por creer que, aún, son el amor de sus vidas y deben aceptarlo así.
Por no explicarnos, de niños, los tipos de relaciones insanas, o tal vez sí.
Pero algo falla.
Y todo lo que ya se hace, no basta.
Marcar un número y huir puede ser la salida.
Las instituciones de seguridad y sus leyes tienen la obligación de cuidar
de esas víctimas y de no dejarlas desamparadas,
de no llegar a creer que ya no corren riesgo,
porque mientras los culpables sigan en la calle,
ellas aún no recobrarán el aliento.
Esos inhumanos no merecen la vida,
me niego a creer que alguien la merece cuando es el mismo que la quita.
La justicia debería de imponerse de manera verdaderamente justa,
la misma que tiene el poder de corregir y reformar las normas
donde se apliquen la moralidad y no el beneficio para el propio malhechor.
Enterremos de una vez a esta zorra deshumanización.
Que parece que todas estas banderas por la libertad y los derechos
no son más que un escaparate para el que cree que todo aquí va bien.
Nada más lejos.
No sé qué necesitamos para que el mundo deje de sufrir.
¿Cuántas víctimas más necesita la Tierra para que las personas se olviden de joder a otros y adaptar el vive y deja vivir?

martes, 12 de julio de 2016

Con los ojos abiertos

¿No te pasa que, vives algo de manera tan intensa
y con tanta ilusión, que no te das cuenta
de lo que verdaderamente pasa?
Es como si tú no lo vieras.
Como si tuvieras, en los ojos, unas manos puestas
que no te permiten ver.
Que no te dejan razonar.
Y, entonces, cuando todo eso pasa,
cuando ya nada te quita la vista,
ni te arrastra a seguir en la misma mala idea,
te das cuenta de que todo lo que vivías, era una realidad paralela.
Una con la que tú te hacías feliz,
pero no más que una mentira.
O casi.
Supongo que nos ciegan los deseos.
Las intenciones de sentirnos felices.
Y vemos solo lo que creemos que es bueno;
"todo va bien", te dices.
Pero no todo va bien.
Lo peor de todo es que, no puedes prometerte a ti mismo
que no volverá a suceder,
como si con una vez _o con muchas otras_ no nos hubiese valido.
Porque somos los animales imperfectos.
Con cerebro, sí, pero imperfectos.
Y, joder,
no siempre es fácil reconocer a las verdades.
Sería más sencillo si te las expusieran sobre la mesa
para que sepas cómo y dónde se juega.
Pero ese es el problema,
que los demás siempre van a preferir jugártela
que perder, aunque eso involucre perderte a ti.
Eso casi les da igual, si son ellos los que lo deciden así.
Tú eres el que acaba perdiendo de más.
Lágrimas, insomnios, rencores, odios...
Todo ese puto cocktail perfecto para muchas noches sin dormir.
Pero, lo más doloroso por encima de todo,
es que fuiste tú mismo el primero que se dejó cegar.
El primero que se dejó dominar por toda esta situación.
El primero que quiso ver solo lo que quería ver.
Quien se conformó con todo y con nada.
Y eso,
justamente eso,
fue lo que nos llevó a esta jodida carrera
por salir adelante.
Ya no valen las culpas.
Ya todo lo pasado está pisado.
Ya no hay marchas para ralentizar a aquel corazón
que aceleraba por sentir que podía ser.
Ahora toca olvidarlo
y decirnos "eh, ya pasó".
Y pasará.
Pasará que ya no duela
y que la próxima vez tengamos a dos pies agarrado el freno.
Ya nadie va a ponernos techo
a nuestros sueños.
Y nos dejaremos hacer siempre que todo vaya a la par.
Sin cartas bajo las mangas ni juegos sucios,
ni palabras que enmudecen ante el miedo.
Dejar de imaginar
y vivir, vivir de verdad.



jueves, 7 de julio de 2016

De amor y de miedos

Me gustaría que habláramos.
Poder contarte tantas cosas...
Darte los buenos días con la sonrisa del que
vive optimista mientras los demás vivimos apenados.
Y quizá mientras se curve mi boca,
te apetezca mudarte en ella,
donde será siempre verano si tú la tocas.

Por aquí todo sigue igual.
Mi lado izquierdo aún apuesta por lo nuestro,
y aunque no estés ahora, no se lo toma del todo mal.
O sea, no quiere complicaciones con otros,
aunque se complique por ti,
pero sabe darte tiempo.
Porque no quiero otras personas.
No quiero conocer a nadie más.
Ya estás tú, y contigo no tengo excusa
para poder ser mi mejor yo y tenerlo que dejar.
Porque me haces ser justamente lo que soy
sin tener que esconderme,
y eso está bien.
Más que bien.
Por el momento solo puedo pensarte,
y miro tus fotos como si así te pudiera saber.
Me sé de memoria muchas cosas que me decías;
conversaciones de móvil y llamadas de teléfono
que sonaban más puras y más putas que cualquier poesía.
Y, con todo eso, siento tanta fuerza
que nadie me podría hacer sentir de menos,
y es por eso que no te creo cuando te vas.
Yo recito tus palabras en mi cabeza como si fuesen mi rezo,
mi rutina, mis ganas de ganar
_de ganarte a ti, por supuesto_.
No sé si sabes que eres el manifiesto
de mis intenciones revolucionarias bajo mi pecho.
Espero que un día ya no burlemos
la causalidad de encontrarnos en alguna charla pendiente.
Que yo te quiero y tú me quieres
y lo sabemos.
Para qué seguir evitándolo.

También me ha dado por escuchar por las noches
canciones de amor y de miedos.
Con letras donde me reflejo y puedo trasladarme
a algún mundo imaginario donde estoy
yo
contigo
y tú
conmigo.
Y entonces todo parece perfecto,
hasta que acaba la canción y abro los ojos
y veo que no estás.

Menuda novedad...

Pero me gusta soñar despierta contigo
y pensar que algún día vas a volver
para hacerlo todo realidad.
Que vas a cogerme de la mano
como quien se agarra de la vida
para luchar contra la muerte,
y que vas a aderezar, con tu dulzura, a nuestros días,
haciéndolos venideros de la buena suerte.

Quién sabe.

Tú,
yo...

Qué bonito sería tenerte
otra vez,
como la primera vez.

Pero en esta ocasión
para siempre.

domingo, 3 de julio de 2016

El manual


Nadie me explicó que dolería tanto.
Ni tampoco yo imaginé que fuera así.
Que te rompan el corazón y tu ahí, intentando salir
de la decepción mientras sigues llorando.
Y llega un momento en el que quieres hacerte la fuerte
cuando todavía no lo estás.
Necesitas a ese parche que te tape los ojos
para no mirar atrás,
sólo al frente.
Pero es difícil seguir adelante,
y ningún consejo parece entenderlo.
Sientes la necesidad de agarrarte
a algún clavo ardiendo.
E intentar hacer como que puedes rehacer
todo lo roto y empezar de cero.
Y ahí vas tú, con una manera de suspirar tan rota,
cogiéndote de cualquier esperanza servida
en alguna boca
que no promete aún,
sólo te sopla las heridas y tú te dejas.
Pero tienes a las ideas tan descompuestas
a causa de tanto dolor,
que ya a la razón ni la controlas ni la manejas.
Y es cuando, queriendo recomponerte,
conoces a ese alguien dispuesto a sostenerte
para lamer una a una cada rotura de tu piel.
Y tú lo intentas.
Y está bien.
Pero no es el momento.

Pasa el tiempo
_poco o mucho, eso da igual_
y te abrazas a la oportunidad de superar,
como si pudieras volver a reír y a querer
sin que se te abran las grapas que te has puesto
por encima de todos los recuerdos de ayer.

Y no funciona.
Porque para rehacerte primero tienes que
dejar correr un tiempo, seguramente largo,
en el que sólo te dediques a ti misma
hasta que salgas por ti sola de todo este fango.
Y ya no duela.

No se puede hacer como si nada.
No se debe fingir.
Porque entonces será como jugar a dos bandas.
Es decir,
estar con alguien, que es más tirita que amante,
y mostrarle la cara buena,
como si pudieras cogerle de la mano y seguir adelante,
pero tras esa apariencia
_porque no es más que una apariencia
que, hasta tú misma, llegas a creerte, a veces_
está el dolor.
Están todos aquellos momentos dolorosos,
los momentos felices que estuvieron también
pero que ya sólo son trocitos de amor roto.
Y eso es lo que más duele,
que ahora es nada lo que un día fue todo.

Entonces, ese otro amor pasajero
empieza a sufrir la incapacidad de
que puedas ofrecerle ese algo verdadero.
Porque no,
nunca estuviste aún curada
ni regenerada para volver a entregarte.
Le pides que te dé la espalda,
que vas a marcharte.
Que estás jodida,
que te duele el pasado todavía.
Y le rompes tal como a ti te rompieron.

Y no es justo.

Pero la vida no te pone un manual de instrucciones
sobre cómo pasar páginas que ya no están.

sábado, 2 de julio de 2016

Máscaras de utopía

La gente usamos medias tintas.
Ya sabes,
como eso de poner media sonrisa
cuando realmente quieres decir estoy jodida.
Fingimos ser fuertes,
porque es la única opción válida
para ganar batallas contra la mala suerte.
Y soñamos con quimeras
para hacer más bonitas
a las penas.
Nos vestimos con caretas de gomilla,
para protegernos,
para fingir, para reír cuando no nos sale
y también, para contar mentiras.
Y quizá para sentir menos miedo.
Para aparentar.
Para guardar los celos
o cualquier otro sentimiento.
Y para defendernos
cuando nos sentimos de menos.
Son emociones de utopía.
Máscaras que, aun siendo falacias,
necesitamos en cualquier día a día.
A veces, por necesidad de sostenernos a sí mismos,
otras, para salvarnos el culo
de cualquier mínimo abismo.
Y hay quien las utiliza para seguir haciéndose el bueno,
sin querer ver o sin importarles que sólo hacen daño,
transformando a corazones entregados en huraños.
Es así.
Todos en menor o mayor grado
somos alguna vez un poco menos nosotros,
para sentirnos un poco más a salvo y caer en agrado
_consigo mismos o con otros_.

La gente usamos medias tintas.
Para dibujar emociones
que la verdad ya no pinta.

Naufraguemos


Te confieso que nunca me atrajeron los ojos azules,
pero es que los tuyos…
me hacen nadar hacia otro mundo
en el que sin duda me mudo.
En el que no pasa nada si llevo
las manos manchadas de heridas o de fallos.
O si me relamo la boca después de bebernos
y tenernos.
Yo siempre lo he tenido claro
contigo.
Te vi y supe que eras el lugar de donde
siempre quise ser.
Provocas ese te quiero efervescente con el que haces
que todo deje de estar del revés.
Es como si fueras una quimera
hecha realidad.
Porque te miro a los ojos
y siento que podría perderme en ellos,
y que no necesito más
_sólo naufragar
en ti_.
Respirar tu calma
y sentir así
que estoy en la justa línea
donde nada me falta.
Que me hables bajito, y que, aunque sea
por una llamada de teléfono,
ya me hagas sentir que estamos cuerpo a cuerpo,
pasando las horas tontas sonriéndonos.
Para mí los sueños modestos y pequeñitos
son los mejores.
Como cuando te coges de mi mano
y te beso despacito
la frente, los párpados,
las mejillas, tus labios…
Y pierdo la cuenta de por dónde iba
y empiezo de nuevo;
pero tú te das cuenta de que me he perdido
porque quiero.
Entonces sonríes,
y yo ya me muero de amor
con ese arco de cupido que tienes en tu boca.
Con esa risa floja
que traes tan bonita y tan tuya.
Y también, perdóname si sueno repetitiva,
pero también con esos ojos… Dios, con esos ojos
con los que no me cansaría nunca
de decirte que aprendería a nadar en ellos.
Que si tú me miras se me mojan los complejos
y ya sólo quedan virtudes.
Y tú, que no te aludes
cuando digo que hay algo más bonito que ese cielo
de ahí arriba.
Que me maravilla
tu naturaleza de ser tan diferente al resto.
Que mi saliva vive a ras del suelo
por tu culpa
cuando te miro.
Que quererte y admirarte va unido
porque es imposible no hacerlo.