jueves, 29 de diciembre de 2016

El tren

Hace meses que pienso en aquello que le dije.
Y siento una culpa,
una culpa que no me exime.
Todo por no ceder a lo que me pedía.
Porque pensé que no podría soportarlo.
Pero sí que podía.
Cualquier cosa podía por no perderle.
Porque el paso del tiempo junto a la duda me desnutría.
Y eso ha sido peor que el peso que hubiera soportado
por esperarle expectante
a su lado.
No me había negado a esperar, como quiso,
me negué a fingir.
Porque me dolía estar ahí cada día
mientras fingíamos que no habíamos sido algo más.
Preferí alejarme hasta que me quisiera encontrar.
No sé qué era, pero algo tenía
que hacía perderme.
En su singularidad, o en sus ojos,
quizás en la punta de su lengua cuando se relamía
la comisura de su boca.
Tal vez no tengo cura
porque me he vuelto loca,
o puede que esté loca
porque cuando me miraba me sentía desnuda,
mientras cualquier invierno frío me tocaba
y me anudaba la garganta para no pronunciar palabra.
Para no alejarle al decirle que le quería.
Con mis manos frías
y mi corazón amordazado,
me fui sin más, creyendo que me acabaría buscando.
No lo hizo.
Y sin embargo yo sigo dentro de aquel hechizo
que pareció procurarme.
Por decidir o actuar en caliente,
he perdido la oportunidad de tenerle.
Es como si hubiera tenido un billete de tren
con la opción de llegar hasta sus manos,
y lo hubiera vendido.
Ahora, para no doler, suelo pensar
que tal vez no era mi destino.

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