jueves, 22 de diciembre de 2016

El salvavidas

Veo pasar la vida
mientras yo estoy allí, tras el escaparate.
Intocable y protegida.
Soy el náufrago de mis propios temores,
casi ahogado y recogiendo, de cuclillas,
las ganas que queden por sentir.
Con los sinsabores aún en el paladar del corazón,
y la traición a la palabra en mi recuerdo,
sin olvido ni perdón.
He comido de mis propios errores,
desnutriendo mi felicidad.
Y mientras me sumergía en un río
cualquiera, en donde no supe cómo nadar,
no vi flotar ningún salvavidas
del que llaman Dios.
He agonizado en el odio,
pero mis sueños
siempre han sido mi resurrección;
un plato más donde comer
con la glotonería de mi superación.
Así, a pesar de que he caído y levantado
una vez tras otra,
sé que no debo rendirme antes de luchar.
Y que, aunque no consiga todo lo que quiera,
no habré fracasado,
pues, al menos, lo habré sabido intentar.
Podré romper el escaparate de las dudas y las suposiciones
y ser yo quien compruebe que la vida es aquella puta
que te pone a prueba en las peores situaciones.
He tenido a la media luna en mi boca
mientras mis ojos enamorados
salpicaban ilusión por un amor imposible.
He tenido en mis manos a la tristeza más triste
que he llorado tras hundirme.
Y he tenido bajo la lengua
a la misma decepción.
Por todo lo que no fue, por lo que estuvo de más
y por todo lo que me he podido provocar mismamente yo.
Ninguna fricción, ni fallo ni dolor
se pueden dejar atrás sin más,
pero sí se puede dejar de mirar cómo pasa la vida
con quietud
y reinventar cada quiebro con nuestro propio salvavidas,
sin esperar nada más de lo que puedas darte tú.




No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.