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La vicisitud de la tristeza

Como en un reloj de arena,
todo el dolor se atrapa en un mismo extremo
hasta caer la última mota
y volcar de regreso.
No puedo detenerlo,
pero me niego a que caiga de nuevo
en mí
ese peso.
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Las tortuosas relaciones cubistas

El paso del tiempo nos transforma. Nos volvemos desconfiados y exigentes por norma. Yo tengo el puente de Brooklyn en mis ojos iluminados.
Por más guerras, yo nunca he atado a mi corazón entre cadenas y candados. Por qué hacer holocausto a nuestros sentimientos más humanos. Estar llenos de heridas no significa tener que hacernos a un lado. No nos hace estar más a salvo.
Soy los 300 metros de vértigo en la punta de la Torre Eiffel, cuando me desechan de sus vidas y, entonces yo, pierdo la fe. Pero sigo en pie.
Tengo en la piel las mismas grietas que los árboles. Grietas inadvertidas de experiencia y conocimiento que me hacen ser más fuerte. No voy a rendirme. No voy a sucumbirme ante el miedo ni pensaré que he perdido la suerte.
Voy a vivirte, vida. Y aunque me esperen muchos más llantos y caídas, yo te miraré con optimismo, porque sé que detrás de tu belleza, ofreces la complejidad de un cuadro de cubismo.

Arrepentimiento inoportuno

Acaso importa que tenga las manos atadas.
Que ya no pueda hacer nada,
mientras me lamento porque no estás donde estabas.
Y mi boca calla todo lo que debí haberte dicho.
Y me grito,
solo a mí por dentro hasta rajarme la piel,
que debí haber sido mejor, mientras pude.
Que te he perdido.
Y ya no te tendré más.
Que te has ido.
Y se me abren una y otra vez los hilos de esta herida que me cosí.
Y ya no sé qué pasaría si todavía estuvieras aquí
y, entonces yo,
te hubiera querido, cuando te tenía, un poco mejor.

Nuestra guerra

Eran polvos mágicos los que cayeron sobre nosotros.
No fue el roce de nuestra piel
ni el ruido que hacían otros.
Para mí, no existían otros.
Fue el roce de nuestras miradas
y el ruido que hacías tú
para mis pupilas dilatadas,
cuando te miraba de reojo.
Es cuando te tengo ante mí,
con la austeridad de las dudas,
cuando veo lo que no tuve ocasión de ver,
cuando veo lo que nunca vi.
Es el corazón granulado sobre mis manos,
convirtiéndose en tierra de reloj de arena.
Me deshaces.
Me conviertes.
Tú eres el sol y yo la avena.
Es amor, ocasional, tal vez,
como las historias de verano.
Qué eres, qué quieres ser,
que yo me quedo entre tus dedos como el mejor puro habano,
para que me acaricies con tus labios.
Y tú me rozas.
Y me abrazas.
Y miras con la persistencia de unas semillas de flor de loto.
Son esos ojos que penetran en los míos.
Es esa manera de infiltrarte en mí, como te noto.
Es la claridad de tus iris como el rocío de los ríos.
Es esa cara traviesa que esconde rock en los ojos.
Pue…

La intranquilidad de una mente inquieta

Dejo de mirar al mundo con la ansiedad por el mañana.
Yo soy Eva y el deseo es la serpiente que me enseña la manzana.
Esas ganas que me gritan desde dentro y no me dejan libre.
Llevo resaca sin haber bebido cubalibre.
Son esas copas del descontento.
Es el "ya llegará" con el que me calmo, o, quizá, me miento.
Es la vida que me araña, y duele.
Es el mundo, que, parece mirarme con vacilo, y hiere.

Una canción de rock

Mi corazón es un micrófono abierto
cuando pasas cerca de mí,
y empieza a bombear fuerte contra mi pecho,
tarareando a voces alguna canción de rock, feliz
Imparable.
Invencible.
El desencanto deshecho a mis pies
y la magia brotando en el aire insostenible,
cayendo sobre nosotros.
Hechizados.
Salvados, con tan solo rozarnos las miradas.
Tú y yo sobrevolando todas las sonrisas del revés;
así tú me salvas, mientras la vida para el resto sigue intacta.

Balada triste de piano

Los últimos mimos.
Las despedidas tristes. El adiós definitivo. La larga espera entre paredes con la pena colgada entre alfileres. Las miradas inquietas,  sin saber dónde esconderse. El silencio entre murmullos perforando un vacío que hace a la fuerza penderse. Los suspiros entrecortados. El aliento por la angustia,  arrebatado. El luto en camisas manchadas de  salpicaduras de llanto. Ni hambre ni sueño ni sed ni tampoco empeño en seguir caminando. Las horas pasan pesarosas, y solo puedes revestir al dolor con un collar de rosas inmaculadas. Los días, las noches, con olor a humedad. Es esta tristeza que no se va. En momentos como estos no existe la suerte. Hoy vi la impoluta mañana despertando. Hoy conocí a la muerte.